Descubre la historia de un joven faraón y de los misterios de su muerte y maldiciones.
Javier Gómez Sánchez, 1º DN
Durante más de 3270 años el cuerpo de Tutankamón había quedado oculto a los ojos del mundo. Al igual que sus antepasados, Tutankamón fue enterrado en el Valle de los Reyes. Murió siendo un adolescente en el año 1340 a .C, nadie sabía concretamente donde se encontraba su tumba. Muchos arqueólogos intentaron hallarla, pero se daban por vencidos y volvían a sus tierras contando lo que podía haber sido. Hasta que llegó Howard Carter que trabajaba para el gobierno de Egipto como Inspector del Departamento de Antigüedades.
Desde 1917, se dedicó a excavar en los restos de otros arqueólogos, debido a la falta de capital, y además porque ya había camino adelantado en las excavaciones abandonadas. Pero todo este esfuerzo dio su fruto el día 26 de Noviembre de 1922, cuando Howard Carter junto con Lord Carnayon, arqueólogo aficionado y hombre que había administrado el dinero para la excavación, hallaron la entrada de la tumba.
Tras bajar unos cuantos escalones encontraron una antecámara, Carter se inclinó ante la puerta de granito y vio una puerta maciza que tenía signos jeroglíficos. Bajo la puerta había una rajadura por la cual podía observarse el interior, Carter se asomó con su linterna y vio la tumba Real. Los tesoros que había en aquella tumba eran piedras preciosas, muebles de oro, mantos reales, etc.
No obstante, el momento de más emoción fue cuando Carter, en 1924, abría la puerta de la última cámara, donde se encontraba la tumba del faraón. Carter y su equipo estaban ante un ataúd de granito, pero dentro de este había otros tres ataúdes. Los dos exteriores estaban hechos de madera con incrustaciones de oro y piedras preciosas. Y el tercero, que contenía los restos del faraón, estaba elaborado de oro sólido. Allí se hallaba el faraón Tutankamón con su rostro cubierto por una máscara también hecha de oro sólido. Cuando la momia fue llevada a la universidad de El Cairo para su autopsia, realizada por el doctor Douglas Derry, se descubrió que en los vendajes había 143 bolsillos con piedras preciosas. Alrededor del cuello se encontraba el collar de la protección hecho de hierro. En los brazos llevaba 13 brazaletes de oro y cada dedo tenía un anillo de oro macizo. En su cabeza una magnífica diadema de oro y una malla de finísimo oro batido.
Pero no era sólo esto lo que atraía a la gente. El pueblo egipcio creía que había una leyenda que decía que quien abriera la tumba de Tutankamón encontraría la muerte por su profanación. Y esa maldición comenzó a cobrar forma.
Carter puso en la tumba una jaulita con un canario, pero una tarde notó que el canto se paraba bruscamente y al volverse hacia la jaula vio una cobra (la serpiente que guardaba a los faraones) devorando a su indefenso canario.
Después vino la muerte de Lord Carnayon en 1923, diez meses después de haber entrado en la Cámara Real. Carnayon, durante los días que estaba celebrando el descubrimiento, fue picado por un mosquito en la mejilla izquierda aunque no le dio importancia. Pero una semana después al afeitarse se cortó encima de la picadura. En pocos días su salud se vio tan perjudicada que tuvo que ser trasladado al Cairo.
Finalmente, el 4 de Abril murió. A estas alturas un egiptólogo había traducido en la puerta de la cámara la siguiente descripción “La muerte vendrá sobre todo aquel que se atreva a violar esta tumba”. Después Audrey Herbert hermano de Lord Carnayon moría a su regreso a Londres en el dormitorio de su piso. A continuación falleció Sir Douglas que hacía radiografías de la tumba bajo las órdenes de Carter. Bethel, la secretaria de Carter, murió de un ataque al corazón. Cuando se enteró su padre de la noticia (él también había estado en la tumba) se lanzó desde un séptimo piso. Así continuó una larga serie de muertes que en 1935 alcanzaba la escalofriante cifra de veintiuna personas.
Sin embargo, el doctor Ezze-Din, de la Universidad del Cairo, descubrió que varios arqueólogos que trabajaban con restos antiguos padecían infecciones en las vías respiratorias debidas a la existencia de diversos hongos y ésta era la explicación de algunas muertes. Pero al salir de la reunión tuvo un paro cardíaco mientras conducía por la carretera del Cairo empotrando su coche frontalmente contra otro coche. Ahora el interrogante que nos queda es el siguiente: ¿será una maldición o simple casualidad?